INDESEADA
Donde hay gusto, no hay disgusto, por eso fui a hacer punta de fila porque a la
primera que debía tocar el padre Eladio para ponerle la ceniza, debía ser yo. Sus
dedos gruesos, blancos, de uñas recortadas, eran el divino enlace para sentir la
esencia de Dios en mi alma. No había nadie como él para llevarme en ese viaje en
espiral a donde debía llegar. Siempre había sido así, yo, la primera, la unigénita,
como me decía cuando entré velos y tules celestitos me echaba al suelo, suave y
delicadamente para hacerme sentir divina.
-Te ves tan virginal, Maru- me expresaba rodeándome la cara con el lienzo azul
cielo- Cuando tu madre te trajo a mí para ser bautizada, eras tan chiquitita, por
Dios, tan pequeñita, pero igualmente hermosa. Al final recuerdo haberte
encomendado a San Juditas para que a lo largo de tu vida no tuvieras tropiezos
difíciles de sortear.
Mis gateos, los andar agarrando las paredes en mis intentos por mantenerme en
pie y mis primeras caídas, fueron dentro de aquel enorme edificio de piedra en
Saltillo. Tía Pina y mamá se la pasaban organizando eventos de día de Pascua,
levantamiento del Niño Dios y claro, la celebración de cada una de las santas y
santos que se sacaban a dar de paseo por las calles.
Cuando descubrí a mamá besándose con aquél hombre que era como mi padre,
no me pareció mal. Al principio se horrorizaron de que yo, a mis nueve años los
hubiera visto, pero luego, ya sintiéndose más en confianza, lo hacían en todos
lados. Entonces todo cambió. Mamá ya no era la misma conmigo y de un día para
otro empezó a fumar. Comencé a mirarla consumir cajetilla tras cajetilla y tornar su
aliento en una pestilente caverna de horrores. Después de una rara pelea, tía
Pina desapareció y jamás volví a saber de ella. Un día, después de misa de siete
mamá me llevó a la sacristía pidiéndome encarecidamente que tomara su lugar en
el ciclo de lo que ella llamaba el linaje sagrado. Sin entender nada sentí cerrar la
puerta tras de mí y ver al padre Eladio llamarme con aquella voz dulzona que me
embelesaba.
-Acércate, linda…
-¿Qué hace usted sin su traje, padre? ¿Se bañará?
-De eso precisamente quiero hablarte, pequeña. Casi cumples los diez años y
debes saber que ya es tiempo que empieces a saber lo que es andar por los
caminos del Señor. Por mucho tiempo tu madre lo hizo y lo hizo muy bien, pero
ahora es tu turno.
Ser mi turno implicó muchas cosas. Saberme elegida como sucesora de una mujer
hermosa como mamá era mucho para mí. Salía de la escuela, caminaba ese largo
camino hasta el templo y al llegar, mamá me tenía la comida en el salón
comunitario. Mientras yo comía , ella fumaba y lloraba. La única vez que me atreví
a preguntarle las razones de tanto tabaco y tristeza, me miró fría y sin
responderme nada. Apenas terminaba de comer y se iba. Lo que seguía era lo
que más amaba: Atender al Divino. Pasar la esponja por el cuerpo blanco y
lampiño del Siervo de Dios era una bendición que nadie tenía. Lavaba a
conciencia poniendo y quitando el jabón mientras rezaba los Ave María necesarios
y sus correspondientes Padres Nuestros. Vestirlo era bonito. Debía ser cuidadosa
de poner su báculo divino, como él lo llamaba en una posición que no se
lastimara. Le gustaba me sonriera cuando se movía solito y sin razón aparente.
A los cuatro meses mamá preparó mi maleta, me vistió con prisa y nos fuimos a la
estación de tren. Estaba inquieta. Fumaba incomodando a quienes nos rodeaban
y yo, sin saber qué pasaba, me senté a leer un pequeño Kempis que el padre
Eladio me había dado.
Cuando vimos el tren a lo lejos, mamá dio un suspiro, pero yo di un retozo cuando
vi al padre Eladio llegar de prisa, decirle algo al oído a mamá e irse como había
llegado. También él tren se fue y nos quedamos ahí, abrazadas una a la otra, ella
llorando y yo deseando ir a donde El padre.
-Lázaro murió, Maruquita, y estuvo sepulto en una tumba por algunos días. Jesús
vino y lo volvió a la vida. Dios es un Dios de milagros y todo lo que nos rodea
representa su obra y su gloria… mira lo que tengo aquí, sí, esto que enjabonaste,
secaste y está así, como muerto. Él entrará ahí, en una tumba oscura y solitaria
que eres tú, mi niña. Entonces volverá a la vida y…
Y así fue muchas veces, tantas que al llegar a los once fue él quien recibió ese
primer baño de luna llena en su cuerpo.
El día que le pregunté el por qué Almita Cabriales había tardado tanto tiempo en
confesión, me dijo que Lázaro necesitaba una nueva resurrección. Sabía lo que
aquello significaba y sin perder oportunidad, Almita amaneció golpeada y con la
boca bien cerrada para no decir nada. Ese hombre no era Dios, tampoco de Dios.
Entonces entendí las lágrimas de mamá y su intento por llevarme lejos un día
antes de que el padre Eladio me pidiera dejar entrar a Jesús para ver resucitado
ese Lázaro que por muchos días había lavado con jabón y aceite de oliva.
Adolorida de cuerpo y alma, sabiendo que aquello no podría ser algo bueno, quise
refugiarme en mi única esperanza, pero esa esperanza estaba ahí, aguardando mi
llegada para azotar mis mejillas, tirarme al suelo, decirme rencorosa que le había
quitado lo suyo y que abogaría para que fuera condenada a quemarme en el
infierno. Lo que ella no sabía era que mi infierno ya estaba ahí, consumiéndome,
recordando a ese hombre de los mil tentáculos aprisionándome, dejándome
bendiciones a su paso y diciendo una y otra vez que era más suave que los
mantos más sagrados de cualquier virgen. Tres días con todo y sus noches me
tuvo mamá atada y tirada al suelo. Víctima de las drogas me quemaba la espalda
desnuda con el cigarrillo. De perjura y pecadora no me bajaba y sacaba a colación
que entre yo y tía Pina habíamos hecho todo para que ese hombre se olvidara de
ella. Ahí entendí que la bestia había tomado también a tía Lupina.
Al cuarto día, luego de mil maniobras por liberarme, golpeé a mamá en la cabeza,
me vestí como una vestal y me fui al templo. Anochecía y la misa había terminado
hacía rato. El agua en la regadera se escuchaba y así, desprendiéndome de mi
ropa entré al agua. Asustado de inicio, el padre quedó tieso. Acariciándolo lo hice
entrar en confianza y cuando lo supe mío, seguimos en la cama hasta terminar
agotados. Entonces hice lo que tenía qué hacer al verlo profundamente dormido.
Saqué de mi bolsa una enorme trampa de ratón y al poner su regordete Lázaro al
centro, solté la palanca haciendo que de un solo golpe aquel trozo de cuero
saltara acompañado de un chorro de sangre. El padre gritó tapándose la herida
con la sábana. Gritaba tapándose la boca y su propio dolor con las manos. Su
Lázaro, que ahora era la cabeza de Juan El Bautista, decapitado, estaba ahí,
dócil, tierno y sin ser peligro para nadie. Miré entonces a San Juditas y le hice una
reverencia. De niña siempre quise saber qué significaba esa flama en su cabeza,
pero tuvieron qué pasar algunos años y algunas causas imposibles que el santito
no pudo ayudarme a remediar, para entenderlo.
El padre Eladio se tragó el dolor. Nunca me denunció y claro, esta Semana Santa
estaré ahí, sintiendo sus dedos gruesos de uñas recortadas untando esa
asquerosa ceniza que no sirve para nada viniendo de un ser asqueroso; pero me
gusta verlo y que me mire, que recuerde que fui yo quien lo volvió poco hombre al
castrarlo y condenarlo a la miseria.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO AREVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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