“NO PIERDAS EL PINO”
Tan duro le di a la piñata que muy tarde me di cuenta que había mandado a mamá Toti al piso, a una cama y a otra dimensión.
-¡Dale, dale, dale, no pierdas el pino porque si lo pierdes…
-No, Tencho, es tino, no pino… “dale, dale, dale no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino”
-¿Por qué tino? No tiene sentido, má Toti. En cambio, si en el camino a Belén pierdes el gran pino en cuya punta está la estrella, pues pierdes la ruta.
Y tuve razón. Mamá Toti fue por muchos años el enorme pino de mi vida cuando mamá murió así nomás ahogándose con una espina de pescado. Su partida me había dejado tirado a la deriva sin saber bien a bien qué hacer. Tía Toti, que me había criado mano a mano con mamá pasó a ser mi segunda madre, y ahí estaba, a lo lejos, haciéndome señas desde la orilla del mar mientras mi barca se hundía en la terrible tempestad que había sido la partida de mamá. Y se dedicó a cultivarme, enseñarme mil virtudes y rutas de felicidad que me hicieron ser un niño feliz. Las navidades con ella eran de fantasía. Era la fecha más deliciosa del año en el que el champurrado, rosquillas, postres, duendes, casas iluminadas y mil cosas más, nos ponía feliz a mí y a todos mis primos.
Poner la estrella era el momento más sagrado justo a las doce de la medianoche y
después de ahí, la cena, la piñata, los regalos y el lanzar se dulces y monedas al
aire por parte de mis tíos.
-¡Ven acá, Tencho, ven acá, chamaco!- me gritaba mamá. Y me alzaba tan alto
hasta que colocaba esa estrella que hacía aplaudir a todos.
Mamá Toti soplaba en mis oídos historias mil de duendes y lagartijas de colores.
Me contaba de gigantes que comían pastelitos hasta hartarse y sirenas piloteando
submarinos. En vacaciones madrugábamos porque según ella los primeros rayos
del sol traían barcazas cargadas de pegasos blancos y regordetes cerditos
rosados.
-Ahí están, Tencho, ¿los ves?
Y yo no veía más que mis ganas de dormir luego de cientos de personajes de sus
cuentos guerreando en mi cabeza.
-¡El turno es de Chencho!- gritaba mamá Toti- ¡Cheeencho, Cheeencho,
Cheeencho! ¡Tú puedes, Chencho!
Pañuelo en los ojos, manos sudadas por la emoción y el suave ruido de la piñata
de estrella, activé mi sentido de la astucia y dejé ir un primer golpe sin éxito. El
silencio se hizo total y al segundo y certero golpe supe que había dado en el
objetivo, todos gritaron y lancé el remate de un segundo tiro para volver a dar con
mi meta. Todos volvieron a gritar, pero con un clamor distinto, de sorpresa, horror y
angustia.
Tras quitarme el pañuelo mamá Toti estaba en el suelo, sus hermanas auxiliándola
y la abuela Jimena, que era ciega, preguntando qué pasaba. Mis primos lloraban
asustados y yo, de pie y con el palo en la mano, me sentí atrapado en un súbito
silencio del que no salí por mucho tiempo.
Y ahí estaba mamá Toti recostada en esa enorme cama que había sido la barca
de nuestros sueños e historias. A mis ocho años estaba ahí, a su lado y llorando
cada tarde sabiendo que había sido por mí el que la capitana de mi felicidad sólo
mirara el techo y me apretara la mano muy suavemente.
La reuniones de Pascua, Navidad, Fin de año y día de Reyes desaparecieron
cuando el alma de las reuniones quedó postrada en cama. Las sirenas se fueron a
los mares de Grecia, los vikingos a Noruega y yo, a mis dieciocho y con dos
metros de estatura, a estudiar a Houston. Combiné mis estudios con el básquetbol
y aunque fracasé como ingeniero, triunfé en el baloncesto. Viajé por muchos lados
y estando así, congratulado y satisfecho de mis logros, decidí vacacionar en
Dinamarca un par de semanas.
Casi al finalizar la segunda semana recibí correspondencia de una de mis tías.
<<Hijo, sólo para informarte que a tú tía Toti le queda poco menos de un mes de
vida. No te habíamos dicho pero se recuperó muy bien, sólo que no recuerda
mucho y habla al aire. El cáncer se la acabó los últimos años>>
México me quedaba tan lejos y el “Campeonato de Reyes” en Copenhague tan
cerca que dejé de lado la misiva.
Una mañana rara y nostálgica salí a la calle a conversar con el viento. Él mismo
me llevó hasta el muelle de Langelinie en el que vi a una hermosa y entristecida
sirena de bronce mirando el mar. De golpe recordé a mamá Toti sentada en esa
misma posición, abrazándome y diciéndome Mira, mira allá sobre la luz roja de los
rayos del sol. Es una hermosa lámpara árabe. Si esperamos un poco más saldrá
el genio y hasta podría concedernos un deseo.
El recuerdo de mamá Toti se me clavó tanto que terminé sentado junto a la sirena
llorando y extrañando a esa mujer a la que había dejado sola por muchos años.
Después de un largo viaje llegué como todo un extraño a casa de unas tías que
me recibieron con tantos abrazos como nunca lo hubiera esperado. Me
arrebataron las maletas, me metieron en mi cuarto de niño más modernizado y
cuando me vieron libre me dijeron:
-Vayamos al pueblo, casi amanece. Un café para recibir al nuevo día.
Las paré en seco.
-Quiero ver a mamá Toti.
-Es muy de mañana y está dormida. Además, si la despertamos nos hará el día de
infierno.
-¿Cómo?
-Sí, Chen, nos pedirá esto, nos pedirá lo otro y ay, no.
-Tías, quiero ver a mamá, Toti y eso no se cuestiona.
Silenciadas me llevaron a una habitación hasta el fondo del patio. Recordé que en
ese lugar guardábamos los cachivaches y camino allá me preguntaba porque
diantres la habían puesto ahí. El lugar estaba muy limpio y decorado. Había
dibujos que yo había hecho y posters míos de algunos torneos victoriosos.
Tras un biombo con escenas náuticas estaba mamá Toti recostada y tapada con
una delgada sábana con diseños de girasoles. Ya no era aquella mujer de silueta
que me recordaba a la Dama de la lotería. Era un cuerpo delgadito, frágil y teñido
de una dulce inocencia. Me sentí derretir. Se me aflojaron las pantorrillas y mis
brazos antes fuertes, destornillados. Me latía la nuca y un picor medio punzante
atacó las yemas de mis dedos. En un instante me recordé en aquella Navidad
quitándome el pañuelo y ver a mamá tirada en medio de todos. Caminé despacio y
acuclillado le sobé el hombro y alisé su cabello blanco. Reverente le besé la
mejilla percibiendo su suave aroma a gardenia de mis recuerdos. Entonces abrió
los ojos y me miró por unos segundos:
-Mira Chen, allá ¿lo miras? Es Neptuno persiguiendo a las nereidas… ¡Es tan
hermoso!
Y sí, aún cuando yo sólo miraba un rojizo amanecer, ella miraba aquello que su
imaginación le brindaba.
-¡Y más allá, Anfitrite, mamá! ¿La ve?
-¡Claro que la veo, hijo¡
Me hablaba sin extrañarme, como si nunca me hubiera ido.
Desde ese día yo me ocupé de ella al cien porciento. La alimentaba, bañaba,
vestía y sacaba a pasear.
Llegada la Navidad cité a todas mis tías y primos. Organizamos la gran posada de
despedida para mamá Toti y ahí y antes de la media noche le puse la estrella en
las manos y la alcé tomándola con firmeza.
-¡Tía Toooti, Tía Toooti!
Y así, siendo tan alto como era y ella tan anciana y frágil, logró colocarla ante los
aplausos de todos. Enseguida vino la cena y… sí, romper la piñata. Mientras todos
la destruían y los dulces volaban por doquier, yo abrazaba a mamá Toti pidiéndole
mil perdones. La apretaba con suavidad mojándola con mis lágrimas pero ella, ella
miraba allá alzando sus brazos. Ella no recordaba nada. Entonces se serenó y me
miró a los ojos. Me limpió las lágrimas y me dijo:
-Gracias por volver a mi barcaza.
-Mamá, mamá Toti. La amo tanto.
En las labores del año nuevo las tías prepararon todo para la fiesta. Me di el
tiempo para pintarle el cabello a mamá, ponerle sus cremas, peinarla, pintarle las
uñas y vestirla hasta dejarla hermosa. Cuando volví con el andador la encontré
recostada mirando el gélido atardecer y sin vida. No lloré. La cargué y la acosté
bien en su cama. Encendí el tocadiscos y puse Richard Strauss. Mientras las
notas de El Danubio azul llenaban la estancia me acosté junto a ella
empapándome de su olor ancestral. Cuando el sol se ocultó sabía que mientras yo
me estuviera en aquella barcaza de nuestros sueños que era esa cama, ella
treparía a la lancha de Aqueronte en la laguna Estigia para no volver jamás.
Mamá Toti, ese pino de alta estrella que he seguido como inspiración a lo largo de
mi vida para no perder el camino.
Autor: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
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