LA ESTUFA
Miré a Cuico Calamaco de arriba abajo perdiendo la cordura. Su belleza era tan rimbombante que no podía creer que hubiera puesto sus ojos en una mujer como yo. Sabía lo que mi cuerpo tan voluptuoso causaba pues era blanco de miradas y hasta de propuestas indecorosas, pero era cosa de la naturaleza y no algo que yo hubiese buscado.Yo era mujer de casa, no me interesaban los hombres porque me eran pérdida de tiempo. Lo mío era ver telenovelas, bailar encerrada en casa o sacar a pasear a Toribio, mi perro callejero.
Cuico era Cuico, y aunque no era adinerado, si tenía sus actividades productivas y era un hombre que cualquier mujer pudiera anhelar, hasta yo que a mis veinte tenía la popusa más seca que mi pueblo en tiempos de secas.
Cuico me atrapó un día cualquiera saliendo de la tlapalería. Sin más me invitó una vaso con granada roja y siendo tan tonta para no saber decir no, asentí y caminé junto a él ante la incomodidad de llevar un chupón destapacaños en mi mano. Carajo, y ahí estaba yo, sentada en la plaza del pueblo, mirada por una y mil envidiosas que lloraban por están en mi lugar. Sabía lo que pensaban, que era tortilla, machorra, y que Cuico era mucho hombre para una soba popusas como yo.
La granada algo me estaba provocando porque mientras Cuico me hablaba de tractores y siembra de girasoles, mis ojos se iban a su camisa a cuadros a medio abotonar revelando unos pezones macizos y recubiertos de vellos cobrizos. Sus piernas eran gruesas, ¡Dios, ampararme!, fuertes y propensas a reventar el pantalón en el que estaban metidas.
Ya en casa caminé por el percudido pasillo que llevaba al baño y tras desnudarme, me vi roja. Las venas en mis sienes, saltonas y mi popusa gritaba, ¡tócame, tócame, tarada!
Debido a mi encierro no tenía idea de dónde vivía y desde que mamá había muerto y papá se había ido de casa, mi vida se había convertido en un desastre porque con todo y que mis lindos padres me habían dejado bien acomodada, no le había aprendido a mamá nada de cosas del hogar. Mamá amaba la limpieza, el orden, caray, mi casa era hermosa. Pero eso no lo tenía qué saber Cuico. Él sólo se había impresionado de reencontrarse con su mejor amiga de la infancia y con quien había vivido cosas muy divertidas en el campo, en el río y las ferias del pueblo. Era una niña y ya me gustaba, pero lo callaba. Lo miraba por la ventana cada mañana, embelesada de mirar a un niñito tan bien educado, no rico, pero bien vestido, con su sombrero de paja, overol, botas y ese par de cabras blancas que sacaba a pastar.
A la quinta salida y mientras bajábamos del cerro La Presilla, Cuico me confesó su interés por cortejarme enserio. Yo no estaba para dejarle el camino a nadie y antes de que mi corazón latiera, mi popusa ya me mangoneaba casi gritándome que diera un sí.
Una cosa era lo que la popusa quisiera, y otra muy distinta lo que mi decencia ordenara. No niego que me azotaba por los malos pensamientos que tenía, pero Cuico no merecía estar en mis sucios pensamientos porque él simplemente era un hombre limpio. Ya lo digo, Cuico era Cuico y por todas las charlas que habíamos tenido sabía que seguía amando la canela, la lavanda y otros aromas. Me decía que un hogar aromatizado era la entrada a los buenos sentimientos, a una vida ordenada y fértil. En ese punto me brincaba el tema porque limpiar las cinco habitaciones abandonadas de mi casa, cortar el césped, limpiar las cagadas de mi perro que llenaban mi patio, etcétera, serían la muerte.
Cuico me miraba embelesado, yo igualmente apendejada. Ambos pedíamos a gritos un encuentro cuerpo a cuerpo que nos desfogara de esos deseos que por días habíamos acumulado, y es que lo juro, yo ya no era yo, ahora era un montón de brasas cuyos pechos se cimbraban al menor contacto.
Cuando medio pueblo se enteró que el bien portado Cuico Calamaco había encontrado mujer para sentar cabeza, me comenzaron a llover enemigas que me acosaban en la calle y hombres que no podían creer que esa “monja” intocable, por fin un macho venía a quitárselas.
Después de bajarnos de la rueda de la fortuna en la feria del pueblo, los calores se burlaron de nosotros. Podía ver a las claras esa cosa hinchada a punto de reventarle el cierre de su pantalón; pero igual yo, mi espalda sudada sin que hiciera calor, mi nuca vibrante y mis piernas inquietas me llamaban al pecado. Me acordé de mamá y sus múltiples consejos de huir del lobo llamado hombre si no había matrimonio previo, pero igual me convencía de que si Cuico ya me lo había propuesto, pues era un hecho.
-Tanto esperar por ti, Amabilia. Tanto tiempo anhelando la llegada de esa mujer que fuera mi complemento y ahora, justo ahora, estás aquí.
-Te amo, Cuico. Siempre lo he sentido, no son simples palabras.
Un día antes de irnos a Castañeda, el pueblo más cercano con registro civil, invité a Cuico a casa. En realidad me había doblado porque ya no podía más. Deseaba que aquel varón que solo me poseía en mis fantasías se volviera real, que me tocara, que me desfogara la popusa de una vez y que claro, me dejara tocar su cuerpo de madera fina.
Dada la urgencia preparé la entrada por la parte de atrás y que daba directo a mi habitación medio arreglada. Llegaríamos de noche, nos amaríamos y nos iríamos a La Castañeda en su auto. Convencida de que uno pone y Dios igualmente pone y no dispone cómo se dice, recibí a Cuico en el callejón trasero. Mi perrito dio un par de ladridos pero lo callé altercero de una patada.
Entramos en casa y la palabra felicidad era tan corta para lo que realmente sentía. Mi cama medio ondulada por el uso de años estaba recubierta y rellena de suaves edredones.
-Enciende la luz, Ama.
-No, Cuico. No seas anti romántico. La penumbra es sensual.
-Quiero verte con mayor claridad.
-Ay, no. Anda, dame tus manos, tócame.
Y sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo tan sísmico, que llegué a sentir pena.
-Eres muy peludo, y duro.
-Y tu tan perfecta.
-Vamos a la cama.
-No, para mí es vital darme un baño antes de estar contigo.
-¡Cuico, pero si hueles delicioso!
Y lo vi irse en busca del baño. Recargada en el respaldo de la cama lo vi llegar. Encendió la luz, miró a su alrededor encontrando cuadros sin nivelar, ropa en montañas en el sofá, zapatos, zapatillas y zapatotes regados por doquier y un diseño de Halloween en las esquinas de la habitación. Sonrió y al verme desnuda, de modo increíble, su perdida erección volvió a tomar posición convirtiéndose aquella noche en algo realmente de epopeya. Me juré una y otra vez mientras era embestida por aquella mole de carne y huesos, jamás renegar de ser mujer y llevar una vida de monasterio. ¡¡¡Sería mujer, mujer, mujer, mujer!!!
Cuando abrí los ojos había en el buró unos panqueques y un licuado de fresa. Miré el reloj y pasan de las once de la mañana. Suspire hondo, miré el cuadro de San Cristóbal de cara apolillada y le agradecí el milagro del amor. A un lado del vaso de licuado estaba el anillo artesanal que le había regalado hacía una semana.
Impactada e imaginando lo peor, corrí a la cocina y justo sobre la estufa encontré una nota:
“Amabilia, buen día, linda. Eres una bella mujer, inigualable y casi perfecta. Mamá una vez me dijo, {En la búsqueda de una mujer para la vida, hállala que se ame primeramente a sí misma, después que te ame a ti. Si se ama a sí misma tendrá tanto para ella como para ti. A una mujer la conocerás viéndola como se conduce en casa. Si hay armonía en ella, también lo habrá en su alma. Si no es así, huye, vete, ponte a salvo. La belleza de un rosal no radica sólo en sus pétalos, también en un tallo fuerte que aunque espinoso, la mantiene erguida y orgullosa. La mujer es así, su belleza exterior es vital, pero no permanente. Los deberes y las normas son para siempre}
Me desvanecí frente a mi estufa atestada de grasa. Un cucaracho se me trepó por la pierna y una rata saltó tras la licuadora. Comencé a llorar mares hasta que mis ojos se secaron como había estado en otro tiempo mi popusa. Grité con tanta fuerza y dolor el nombre de Cuico, que hasta mi perro se desató para ir junto a mí y lamerme el dolor.
Jamás volví a conocer el amor. Me volví vieja y solitaria. Me convertí en la anciana a la que los niños le tenían miedo y me conformé con ofrecer dulces de leche y coco.
-Véndame toda la canasta.
Alcé la mirada y Cuico estaba ahí, igualmente viejo, pero no tan encorvado.
Se sentó junto a mí y me giro la arrugada cara con sus dedos duros.
-Siguen estando ahí, tras de tus párpados caídos esos ojos verdes que tanto me gustaban.
-Sigues siendo un adulador, Cuico, pero ya no te creo nada. Mejor dime, ¿Qué ha sido de ti?
-Nada, sigo viviendo tras de tu casa, como siempre.
-¿Qué?
-Qué te sorprende, mujer. Sales una vez al mes. Nadie sabe lo que es de tu vida.
-Desde que te fuiste me dediqué a envejecer sola.
-Hice lo mismo… ¿te digo algo? Me aterró tu baño, pero te deseaba tanto.
-Perdóname por haber sido una sucia.
-No importa.
-Te dejo, Cuico, vuelvo a casa. Estoy tan vieja que necesito horas para llegar.
-Tengo huevos de codorniz, y leche.
-Te creo lo primero, lo segundo no.
-…
-Es una broma, viejo tonto.
-Es que no entendí. Te digo que tengo huevos de codorniz, leche y fresas. Sé que amas el licuado de fresa.
Y cargando mi canasta, el ahora viejo Cuico me acompañó hasta aquí, hasta mi casa de siempre, esa que desde hace años huele a canela y lavanda como recuerdo de un amor que tuve de joven y retornó de viejo.
AUTOR: JUAN DE DIOS JASSO ARÉVALO
EL VIAJERO VINTAGE
@derechosreservadosindautor
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