“Populismo, estrategia emocional”

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Se dice que el populismo en sí es explotar los sentimientos de las masas para ganar el favor de éstas. Ante esta versión me es imposible no pensar en aquellos primeros días cuando el Papa Francisco, ese carismático hombre de tierras argentinas llegó a lo más alto del poder Vaticano. De inicio nadie podía creer que un americano pudiera estar en tal posición y por otro que Benedicto XVI hubiera dejado el cargo bajo demanda personal de dedicarse a su vida espiritual.

Lo cierto era que la imagen fría y poco angelada del que se retiraba no estaba dando los resultados esperados a una grey católica que no deseaba otra cosa que amor y no una cadena de rumores merodeando la imagen de un pontífice que olía, por dondequiera que se le viera a pedofilia.

La llegada del papa Francisco fue un bálsamo al alma herida de millones de católicos. De pronto estaba ahí un hombre de expresiones serenas y amplia sonrisa. Todo mundo comenzó a sorprenderse al verlo romper los protocolos que por siglos se habían considerado como indispensables, primero por su seguridad, luego porque su persona en sí era algo casi sagrado.

Después del atentado contra el papa Juan Pablo Segundo en los años ochenta, ya nada fue igual. La creación del llamado papamóvil lo único que hizo fue convertir a los prelados en un algo inalcanzable… pero luego, atónitos y mucho más que sorprendidos, aparecía un hombre alto y siempre sonriente que sin dudarlo paraba el auto que era conducido entre las multitudes simplemente para descender de él y tomar entre sus manos a bebés o a enfermos con discapacidad. Comenzaron entonces a visualizarse decenas y decenas de acciones públicas en las que se veía a un hombre nada parecido a lo que previamente había sido un papa.

Lo que muchos llaman populismo en un tono mal intencionado, otros en definitiva lo consideran una urgente necesidad de acercamiento. Mújica, por ejemplo, ese presidente uruguayo, fue un claro modelo de vivir simplemente con lo que traía puesto. Dio una lección universal de vida que sigue siendo historia. Ni qué decir del actual presidente de los mexicanos que desde que dio su primer paso como representante nacional, comenzó a despojarse de todo esa vanidad que había revestido al extinto gobierno neoliberal. Parecía increíble que de pronto hubiera desvalijado los escritorios de la llamada mansión presidencial de Los Pinos para convertirla en museo; que vendiera la flotilla de lujosos aviones que gastaban millones de pesos; que pusiera en subasta los automóviles blindados y hasta los helicópteros. De pronto estaba ahí un hombre de elevada investidura conduciéndose a su área de trabajo en Palacio Nacional en el metro o en su auto particular. Increíble ver a un presidente viajando en aviones comerciales gastando muchísimo menos que los gobiernos anteriores. Alnegarse a recibir protección personal y rompiendo protocolos de seguridad, lo único que se ha fabricado ha sido la imagen de un hombre cercano al pueblo.

Nadie puede negar que lo que más se ha viralizado del actual gobierno mexicano, han sido los videos tomados por el mismo pueblo y no por expertos contratados, de acciones en las cuales el hombre de alta investidura abraza a los ancianos con cariño, les besa la cabeza y les promete un bienestar. Las promesas cumplidas en plazos muy cortos han sorprendido a muchos, un ejemplo muy claro fue el duplicar los apoyos a los adultos mayores y el sinnúmero de becas dadas por aquí y por allá. Mientras que muchos ven esto como un desorganizado plan de bienestar, otros, en sí los más necesitados, lo han visto como un acto urgente de sacar al pueblo de la pobreza. Han sido los expertos quienes han hablado de esta actitud presidencial en diferentes maneras. Sin embargo, por más negativas que sean las opiniones, la popularidad de este personaje se ha elevado de un modo tan escandaloso atrayendo la mirada internacional.

El populismo es una cuestión meramente humana. Quitar a los de arriba y dárselo a los de abajo sin duda es una expresión que aunque para muchos sólo incitaba a una actitud muy parecida a la acaecida en Francia con Luis XVI en la que el pueblo literalmente desvalijó a los ricos, para otros no es así. La estrategia de ajustar sueldos, de pagar lo que corresponde y no abusar ganando cantidades estratosféricas fue un método que no agradó a los abusadores, pero sí a un pueblo hambriento.

Bien o mal, el populismo ha acercado y unido al pueblo con sus líderes. Mantengamos pues un alma populista, un alma que nos acerque a nuestra gente. Olvidémonos de ser fríos e intolerantes con aquellos que sólo esperan una caricia, una palabra de amor. Finalmente nuestro tiempo de vida es cortísimo y lo único con lo que podremos dejar, es un historial de caciquismo o una estela de buenos recuerdos. Adieu.

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