La pluma profana de El Markés

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“lícita humillación”

México es el único país en el globo que ama el azote, la
bofetada, el vituperio, el que lo arrastren de la trenza o del huipil hasta la
humillación. Le gusta que “Le peguen” a la hora de la salida porque no tiene
la virtud de defenderse, no por incapacidad física, porque es lo
suficientemente fuerte, sino por su falta de valor propio. Se sobaja a sí mismo
porque ha tomado el estandarte tercermundista como merecido y porque es a
lo más que puede aspirar.
Si bien es cierto que la previa retahíla de expresiones derrotistas que se
ha expresado con anterioridad se lee lo bastante cruda, tiene mucho de cierto
cuando entendemos que no hay nada peor para un hombre que reincidir una y
otra vez en algo que le esté destruyendo la existencia.
Como un dato histórico, la nación mexicana se ha visto zaherida por
sexenios y sexenios por una alianza política que a resumidas cuentas ha
devastado a la nación en muy diversos aspectos. Al quedar en manos de un
gobierno denominado “de derecha”, el país se ha visto talado
económicamente. Sus recursos naturales han sido regalados a manos
extranjeras que luego de consumirlos, se han ido y han dejado un
desvalijamiento sin precedentes. Si hablamos de la explotación de carbón, por
mucho tiempo empresas foráneas hicieron de las suyas, dando como resultado

una gran cantidad de pueblos con campos inservibles para la siembra, arroyos
secos y grandes montañas de desperdicios minerales. Nos hemos conformado
en convertirlos en pueblos fantasmas con un atractivo turístico, hablamos de
sus viejas glorias, prosperidades y hasta de visitas gubernamentales
extranjeras. Nos conformamos con vivir del pasado, hablarle a los turistas
sobre las maravillas de pueblos en los que ya no se levantan lingotes de plata,
oro y otros materiales preciosos, sino únicamente polvo y bonitas fotos.
México es un país colmado de pueblos mineros cuya gente deambula cual
fantasmas pos sus calles. El estado de Zacatecas está lleno de éstos, igual
Coahuila, Jalisco, Chihuahua y muchos otros más.
No hace mucho en las elecciones en el estado de Coahuila, la gente
elevó por los cielos a un partido tricolor cuyas viandas están manchadas de
sangre y corrupción. El gran misterio radica en saber cuáles son las razones
que impulsan a un pueblo a ir tras el tirano, a ir tras ese que lo ha azotado por
muchos años y que únicamente lo ha alimentado de migajas y aguas turbias.
Desde afuera podemos ver al pueblo venezolano azotado y humillado
hasta el polvo por un Nicolás Maduro gobernando con mano dura, inclemente
y nada humano, al menos eso se ve desde afuera; hasta el día de hoy la prensa
se ha encargado de pintarnos un gobierno regido por un espíritu bolivariano
que lo único que ha traído consigo ha sido miseria y esclavitud. Son notables
las enormes migraciones que por dignidad o supervivencia han huido a otras
naciones circundantes en su intento por escapar de la hambruna, de las
humillaciones, de esa política que nada tiene qué ver con ese espíritu de
libertad por el que tanto luchó Simón Bolívar.
Hace unos días la contienda por apropiarse democráticamente de la silla
presidencial en el país más poderoso del mundo, ha llevado a muchos a pensar
en cómo es posible que todavía existan votantes expresando su apoyo a un
mandatario que muchos ven como un enemigo ya no sólo en el país de las
barras y las estrellas, sino universal. Nadie desconoce que el carácter del
jerarca estadounidense es tan explosivo, que ya no sólo ha tomado decisiones
que han perjudicado a su propia nación, sino que también ha causado estragos
en el exterior. Una de las manchas que sin duda alguna los estadounidenses no
logran perdonarle, pero que no ha impedido ponerlo como favorito a una
reelección, es el ineficiente manejo de la pandemia por Covid- 19. Sin
embrago, a lo largo de esta contienda electoral han podido más sus
expresiones de personaje nazi que lo que realmente necesita el pueblo… y es
aquí donde radica ese cuestionamiento, esa enorme pregunta de saber por qué
el ser humano es muchas veces tan irracional para no darse por enterado que le

está dando el poder otra vez a una persona que convence por sus expresiones,
pero que al mismo tiempo les quita el plato de comida de la mesa.
En su momento el pueblo se hartó de Porfirio Díaz y sus treinta años de
empoderamiento. Fue sustituido por un Francisco I. Madero cuyas promesas
de campaña prometían sanar a toda una nación de un terrible padecimiento
causado por la vida principesca de su presidente y de sus allegados. Mientras
la vida del mandatario relucía, el pueblo perecía de hambre; algo muy
parecido a lo vivido en Francia, y que conllevara a la benigna explosión de la
mítica Revolución francesa.
El pueblo se harta, es cierto, sin embargo, su fastidio viene luego de que
él mismo ha hecho lícito el abuso, posterior a que el mismo electorado ha
permitido mil y un bofetadas de quienes ellos mismos han elevado al poder.
No hay peor cobardía que ser humillado por quienes prometieron bienestar
social y económico. Sin embargo, la nación Azteca se ha acostumbrado a
recibir azotes de sus caciques, esos a quien ellos mismo han encumbrado. Y si
un día son relevados por otros de ideas distintas, buscan de un modo u otro
volverlos al poder, como si extrañaran los golpes, como si echaran de menos
ese plato de sopa sin sal que por sexenios les fue, ya ni siquiera dado, sino
vendido.
El hombre es el único ser vivo que se equivoca dos veces, pero no por
error involuntario, sino como un ofrecimiento, una ofrenda, algo necesario que
le es por felicidad.
El mexicano es el único habitante en el orbe que ama el azote, la
bofetada, el vituperio y de eso están mancados sus blasones. Adieu.

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