La pluma profana de El Markés

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La deshonra de los caídos

Desde la cima del terrero vi a media noche una vasta nube de luciérnagas llenando el espacio de aquella mina que todavía olía a miseria. Catorce años habían pasado desde aquel día de la fatalidad en el que la tierra simplemente dijo ya no, ya basta de rascarme el cuerpo, de violarme y deshonrarme. Sigo pensando que aquellas miles de lucecitas flotando en aquella espesa niebla eran las almas luminosas de los más de tres mil cien mineros muertos desde 1883, tiempo en que este territorio mejor conocido como Región Carbonífera, comenzó a ser vilmente explotado.

Desde el día de aquella calamidad que lanzó al lloro a esposas, hermanos, madres, hijos, amigos, no ha pasado un diecinueve de febrero y una hora exacta que no haya estado en la cima del mismo terrero. Los primeros años y sin falta, se oficiaban misas por eterno descanso de aquellos trabajadores que fueron tragados por la tierra. Con el paso del tiempo las misas se convirtieron en marchas. De pronto sacerdotes instaban a las viudas a luchar por sus derechos y así, como la “bola” revolucionaria, las manifestaciones comenzaron a ser cada vez más grandes y a recorrer más distancias. De pronto supimos que comisiones y hasta viudas habían viajado a no sé qué partes de Europa para buscar la ayuda de ONU y otras instituciones de más peso.

Desafortunadamente el rescate se ha desvirtuado. Se habla de honores, de memoriales, de largas poesías y obras para recordar a ese grupo de hombres que en un momento dejaron la vida. Hoy se habla de que si no todas, si un porcentaje alto de viudas buscan afanosamente esas indemnizaciones que han recibido de tiempo en tiempo. Ellas saben bien que son para hacerlas guardar silencio, pero dado el tiempo y las necesidades todo es aceptable. Recibidos los apoyos y con la llegada de nuevos gobiernos, se aviva la llama de la codicia y de la desesperación y vienen otra vez nuevos apoyos y nuevos silencios. El muerto al gozo y el vivo al gozo dice un palabrero de antaño, y es que se llegó a contar que las enormes fortunas que recibieron las viudas en un comienzo y a causa de la tragedia, fueron dilapidadas y que al estar en quiebra y sin trabajo, buscaron una y otra vez el apoyo del gobierno. Sea verdad o sea mentira, sea mito o leyenda, las tragedias en México siempre traen un resultado muy similar.

En aquel entonces Vicente Fox Quezada hizo mucho menos que poco para rescatar los cuerpos de los caídos; ni que hablar de Humberto Moreira Valdez, entonces gobernador del Estado. Las administraciones que le siguieron, como la calderonista y la peñista, juraron y perjuraron que ellos tenían tanta humanidad y respeto por el dolor de las viudas y por el dolor humano, que harían todo lo que estuviera en sus manos por sacar los cuerpos. Coahuila, bastión priista se dejó embelesar por las dulces palabras de un Enrique Peña Nieto que nunca puso un pie en un solo montoncito de carbón.

Siendo Coahuila en sitio del que se extrae más del noventa por ciento del carbón en toda la república, es un sitio marcado por el dolor causado por las innumerables pérdidas humanas a causa de las explosiones mineras. Si se habla de la explotación de menores es otro asunto. Nadie desconoce que esos tajos a campo abierto y en lo más lejano de territorio coahuilense, niños y adolescentes son contratados como mano de obra barata y sin servicios médicos. De sufrir accidentes, como ha ocurrido muchas veces, los padres son indemnizados para que guarden silencio.

Llega el 2020, año de la pandemia, y la vergüenza resurge como magma expulsada del volcán. El actual presidente de la república propone un memorial o una millonaria indemnización (¡¡otra, válgame dios!!) a las viudas. Así, dándole oportunidad a las afectadas de que lo piensen a conciencia, mucho ya apuestan a que se inclinarán por lo económico pues un memorial no sería más que una escultura como muchas otras que existen en las plazas de los pueblos en los cuales ha habido explosiones. Cito aquí el mineral de Palaú, y Minas Las Esperanzas, ambas villas de Melchor Múzquiz. En ambos casos existen esculturas en las que aparecen los nombres escritos como un recordatorio de quienes fueron.

Otros opinan que el gobierno federan terminará cediendo y que un buen memorial y un sobre lo bastante pachoncito dará carpetazo “temporal” al asunto.

Conforme pasan los años las luciérnagas se van apagando, y es que es bien sabido que los muertos emprenden la retirada cuando se dan por bien enterados que no se les recuerda más. Todos se memoran el gran accidente, todos mencionan los mineros con un número, es el 65 una cifra muy general y muy poco humana.

La deshonra de los caídos es evidente. Los culpables siguen libres y las viudas siguen recordando la ignominia de no haber sido escuchadas y que taponeadas habían sido sus inquietudes con bonos económicos.

La tristeza que existe en las minas mexicanas ha rebasado fronteras. Es nuestro país el sitio donde la corrupción olvida a los muertos, ignora el llano del hijo, de la madre y de la esposa. Han pasado catorce años y el clamor sigue y así, del mismo modo, las luciérnagas, almas de los caídos, cada día se van apagando, y nadie me lo ha contado, lo veo año con año desde la cima de ese mismo terrero en el corazón de la Región Carbonífera. Adieu.