“Javier Valdez, la mortal narco literatura”

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Cuando se es escritor no tienes opciones, liberas toda la paranoia que llevas dentro o corres el riesgo de morir por una letrocefalia severa. La única cura a tan sagrado mal, es desfogar todas las emociones contenidas en fraseologías sin importar lo pasional, amorosas, peligrosas u ofensivas que estas puedan ser… por eso cuando de diario Jesús Javier Valdez, el juglar del narco, salía de casa, sabía queun omni sensible sismógrafo rastreaba sus pasosy que encima de él cientos de ojos surrealistas lo miraban inquisitivamente.

Catalogado como un hombre cuya singularidad radicaba ya no sólo por ser buen amigo, jefe, hombre consejero y excelente colaborador, sino por su pulcritud como escritor, desafiante columnista y valiente periodista, por todo eso hoy nos cuesta trabajo digerir el que hubiera alguien que le tuviese tanto rencor como para arrebatarle la vida con tanta saña.

Sin duda alguna lo peor que tiene el ser humano no es el hecho de odiar a sus semejantes, eso bien podría ser algo temporal. Lo que no tiene nada de temporal es el hecho de ignorar a los demás cuando estos se encuentran en medio de un hoyo negro de desesperación. Muy a su modo, Javier Valdez plasmó en muchas de sus obras ese hoyo negro de desesperanza en la que vivía su gente y esa astucia de los hombres del narco que en apariencia irreal en sus historias, era una realidad letal.

Como cada día de los muchos que vivió en los últimos años en su muy querido Culiacán, ese día del maestro salió de su casa, abordó su flamante Corolla rojo y se condujo a su oficina en el semanario Ríodoce del que era director. Bajó de su auto en la colonia Jorge Almada y sobre la calle Riva Palacio. Caminó pausadamente. Quizá pensaba en los últimos levantados, en los cuatro hombres colgados del puente peatonal del Maizal o tal vez en la posibilidad de comenzar a escribir un nuevo libro. Aún y cuando a finales de año había presentado con mucho éxito “Narco periodismo, la prensa en medio del crimen y la denuncia” Valdez Cárdenas siempre fue un prosista que no dejaba pasar mucho tiempo antes de idear un nuevo proyecto. Su pasión por escribir sobre la narco criminalidad lo llevó a colaborar con publicaciones reconocidas como La Jornada y Proceso. Nada más claro que sus insignes obras: “Huérfanos del Narco”, “Con una granada en la boca”, “Los morros del narco” y “Miss narco”  para saber que su temor por las represalias que sus obras pudieran causar por la claridad con las que retrataba una realidad cotidiana era algo que no le quitaba el sueño, al contrario, cada obra suya era una catapulta emocional a la siguiente obra, a esa denuncia clara, precisa y más cortante que una espada de dos filos que podían rasgar fácilmente las coyunturas de los infames.

El también autor de “Malayerba” se topó de frente con la colorida, espigada y elegante Catrina justo al mediodía al ser interceptado por un comando armado que a quemarropa le arrebató la vida en un santiamén. Tan profusa, su sangre manó y chorreó por el caliente pavimento como corría su desvergonzada, fina y letal tinta a la hora de escribir la realidad de un Culiacán atormentado… y ahí estaba, en medio de gritos y curiosos, fisgones que como siempre, vieron y callaron… en fin, uno más, otro periodista en esa larga cuenta de pecados en el lomo de un gobierno que ni con un exorcismo plus podría ser librado de esa pandemia llamada narcotráfico que día con día cobraba cada vez más y más víctimas.

No hay peor periodismo que el sólo contar muertos. Si algo tenía de peculiar el hoy occiso era el hecho de contar, ya no en números, sino en historias los testimonios recabados a conciencia para develar un negro mundo de ambiciones, crímenes y atropellos causados por un gobierno inútil y un narco cada vez más poderoso.

Uno de los muchos testigos pronunció que el rostro pegado al asfalto era de expresiones serenas, como las que siempre tuvo. Y era literal. Siempre supo que su oficio implicaba caminar sobre terreno pantanoso en el que ni Dios ni los hombres, mucho menos el diablo, estarían ahí para ayudarlo. Lo comprobó cuando luego de publicar la última parte de la serie “Hitman, la confesión de un asesino en ciudad Juárez” su oficina fue atacada por desconocidos que con una granada pretendían asesinarlo.

Javier Valdez no era otro que un hombre místico caminando de la mano de Mictlantecuhtli, así y en todos los colores del inframundo y de la muerte, su vida, fondeada en negro de papel maché, llevaba en su diario vivir toda una escena colorida al lado de su familia y de sus compañeros de trabajo. Sabía a la perfección que sus maneras de hacer literatura no era un coctel de mariscos al paladar de los cárteles aludidos. Cada frase, cada párrafo elaborado llevaba una intención y un objetivo, que el mundo abriera los ojos, que dejara de ver los asesinatos vinculados al narco como paisajes, como algo cotidiano, que el gobierno viera leyendo la cautividad de sus gobernados. Lo cierto era que odiaba la frialdad y la falta de voluntad del gobierno para atrapar a los culpables.

Ciegos no somos, sabemos que cada una de nuestras ciudades tiene algo de Malayerba: Psicosis diaria, peligros constantes, canciones de amores a ritmo de banda, narco panteones, casas de lujo que huelen a rosas, lirios y cocaína. Poco nos falta para decir como aquel corrido culiche:

“Si vas a Culiacán no voltees. No veas a la gente de otros carros. No grites ni reclames. No pites. No cambies luces. No manejes en chinga ni andes rebasando. Y si te voltean a reclamarte y te cambian de luces y te gritan y te pitan y te pasan en chinga por un lado, rebasándote, no los peles”

Más de uno coincide con Javier Valdez de que escribir bien podría ser un tremendo acto de fe, de esperanza, porque teclear es no rendirse, porque dejar de escribir es oxidarse ante la llegada del aire y del oxígeno que no son otra cosa que la maldad y la opresión… que nos maten a todos por reportear este infierno, expuso hace un par de meses al saber la muerte de una colega suya… y Catrina acudió a su llamado recibiéndolo con los brazos abiertos y descarnados… y así fue cuando, con granada en boca y saltando como un trapecista a sabiendas que no había red al final de su caída, siempre estuvo dispuesto a evidenciar en uno y otro salto y chisguete de tinta aquello que según él hacía por amor a México, a su gente culiche, por dignidad… Adieu.

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