“El horror a la senectud”

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Tabita tiene 88 años y también miedo den las siete. Su hijo llegará y seguro le gritará groserías; Marcelino Tovar, por su parte, sabe que su hija, al salir del baño, seguirá agrediéndolo, le tirará el cabello y lo abofeteará. Toribio Auces está mojado de orín desde un día anterior. Su hija lo sabe. Lo cambiará cuando se le antoje y claro, le dará de manotazos gritándole que es un cochino. No, nada de esto es ficción, es una cruenta realidad en la que muchos de nosotros estamos inmiscuidos. Es cosa diaria de muchos de nuestros ancianos, de esos hombres y mujeres a los que sólo comprenderemos cuando estemos ahí, siendo abusados por nuestros propios hijos.

Cada vez son más los seres humanos que sienten miedo a envejecer. Dicha turbación viene al pensar en el cómo enfrentarán a una posible familia en la que comenzarán a sentirse extraños. Sabe que pronto su paso será más lento y su modo de comer más torpe. Sabe que sus opiniones serán devaluadas y sus consejos desechados. Sabe que su sabiduría, por más apreciable quesea, no será de valía para unos hijos viviendo una época que en nada coincide con la suya a su edad. Suena trágico y hasta indecente, sin embargo, no es así. Cada vez son más los casos en los que los hijos se tornan impacientes ante el ocaso en que van cayendo sus padres o sus abuelos.

Quizá uno de los errores más grandes que se cometen al llegar a una edad provecta, es el hecho de enjuiciar el presente de los jóvenes defendiendo el ayer. Es quizá una de las contiendas emocionales más agotadoras el enfrentarse a un hijo que vive de un modo tan liberal y alejado del concepto que se tiene de tal actitud. Parece que no, pero el ser liberal es un término aplicado en todas las épocas. Si no todos, sí una gran mayoría de seres humanos hemos tomado de nuestra juventud un tiempo para ser un tanto liberales.

Mientras muchos piensan muy a conciencia qué es lo que harán apenas se jubilen, muchos otros se resisten a un tiempo frugal en compañía de otros ancianos. Cada vez son más los que se preparan para ser productivos pasados los sesenta. Sin embargo, con todo y que se busque la fortaleza para sobrevivir, se sabe que tarde o temprano el cuerpo renunciará a mantenerse en pie. Es justamente en ese punto en el que nadie desea quedar. Es bien sabido que cada ser humano busca sus espacios y los hijos lo hacen. El trabajo, sus familias, sus ocupaciones, muchas veces hacen que los cuidados que se debe tener a una persona adulta, no sean tomados como es debido.

En la actualidad hay países que condenan eficazmente a los hijos que abandonan a sus padres. Se han creado leyes lo bastante enérgicas condenando el abandono y el privarlos de beneficios como la diversión, los alimentos, una vida de paz y un hogar que lo abastezca de felicidad en el último tramo de su vida. En lo que respecta a nuestro país, existe la ley número 22 del 4 de febrero de 1995 en la que se tipifica como delito el que una persona niegue alimentos a otra en edad avanzada. La número 23 del 4 de febrero de 1995, tipifica como delito el que se abandone a una persona en edad avanzada.

Nada es irreal cuando nos enteran de que algunos hijos sobrepasan la maldad al violentar a sus progenitores con sus actitudes perversas. Estas toman un color desde rojo suave hasta el más intenso carmesí. Va desde despojarlos de sus pensiones, arrebatarles apoyos sociales, no alimentarlos, vestirlos, llegar a darles de golpes y en el peor de los casos, la muerte.

La senectud es sin duda una edad sagrada. Es un tiempo en el que el ser humano debe reposar de toda una vida en jornada. Es su tiempo para descansar de los afanes de la vida y de todo cuanto hizo para ver a sus hijos crecer convertidos en hombres y mujeres de bien.

La vida es sabia. No por nada aprendemos a cuidar a nuestros hijos en lo más tierno de sus primeros años. Un día nos tocará cuidar de nuestros padres y tratarlos, en su fragilidad, como si fueran nuestros hijos. Así, en un santiamén, en un abrir y cerrar de ojos, pasamos de ser hijos, a ser padres de nuestros propios padres. Qué enorme bendición cuando cumplimos ese deber filial con amor y verdadera entrega.

Preparemos el terreno, confiemos y no temamos la llegada otoñal. Confiemos en que seamos amados y cuidados como merecemos, ya lo dije líneas atrás, la vida y Dios, que son lo mismo, están cargados de sabiduría. Adieu.

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