“Donaldo y la humillante homofobia”

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Corre el 2019 y todavía existen varones denominados “heterosexuales” que creen que por haber nacido con sentido de atracción por el sexo opuesto, pueden exponer, humillar y vilipendiar a quienes por naturaleza y no por capricho, han llegado a compartir este planeta con disposiciones diferentes a las suyas. Es real la existencia de hombres creyendo que por poseer una extensión de músculo pendiéndole entre las piernas, tienen el poder y elderecho para humillar, avergonzar y hasta zaherir a mujeres o a personas de su mismo género con sentimientos diferentes a los de ellos.

Por mucho tiempo la lucha por la diversidad, ya no sólo sexual, sino de color, idioma y costumbres, ha sido tan intensa que cuando nos encontramos con casos de abusos creemos que toda lucha ha sido infructuosa. Olvidamos que estamos en un planeta en el que crecen todo tipo de plantas, animales y hasta seres humanos. La convivencia de unos y de otros jamás llegará a la armonía si no ejercemos el sentido del respeto y el derecho a la vida.

Donaldo Martínez no es una estrella del pop, tampoco un pintor, boxeador ni candidato político a la alcaldía de tal o cual ciudad. Donaldo es un joven mexicano, tapatío y con todos los albedríos que todo mexicano posee. Su “error” como lo dicen muchos en redes fue defenderse de una agresión verbal proveniente de un grupo de supuestos heterosexuales a bordo de un auto gritándole vulgaridades a razón de sus preferencias sexuales. El joven aguardaba la llegada de unUber junto a otros amigos cuando fueron tan brutalmente agredidos que fueron a dar a una clínica.

No es el primer caso en el que esa raza denominada heterosexual ha hecho una guerra contra quienes difieren con ellos. La historia misma habla de empalamiento, calcinación y tortura en el régimen nazi. La lucha emprendida contra estas actitudes homofóbicas cada vez se vuelve un torbellino con resultados muy positivos. Cada vez se aceptan más y más reglamentaciones que defienden a quienes simplemente exigen paz y libertad.

Una enorme cantidad de religiones expone en sus decretos dogmáticos que la homosexualidad es condenada por Dios. La forma tan reiterada en que lo predican ha causado una borrasca de desprecios hasta dentro de las mismas denominaciones moralistas. Muchas de estas expulsan a sus adeptos, otras las obligan a ajustarse a sus cánones y otras más, simplemente les exigen irse de sus filas. Nadie desconoce los humillantes procedimientos de “limpieza” que muchas designaciones eclesiásticas hacen con los miembros que en confesión exponen sus inclinaciones. Luego de expresarles con Biblia en mano que su destino es una senda directa al infierno, muchos de ellos viven en una horrible reclusión. Algunos llegan a casarse para satisfacer a la comunidad, secta, padres y hasta a dios mismo. La gran mayoría de estos matrimonios fracasan en pocos años o en otros casos, la mujer que siempre fue lesbiana o el varón que siempre fue homosexual, termina viviendo una doble vida para poder alcanzar así su secreta felicidad.

Qué tormento es el vivir en un país en el que la intolerancia es parte de nuestro diario vivir. Lo peor viene cuando nuestros hijos miran cómo sus padres actúan con violencia o con adjetivaciones vergonzosas contra quienes piensan o sienten diferente. Es una cadena inevitablemente contagiosa. De pronto nuestros descendientes se han convertido en una fiel copia de nuestras ideas y así, el círculo vicioso de la violencia es infinito.

Bien podríamos decir que no, pero la intransigencia no sólo abarca el rechazar a los que sexualmente son diferentes.Todos hemos llegado a ser intolerantes en cierto modo y tal vez hasta sin darnos cuenta. Lo somos cuando no os parece que el novio de alguna de nuestras hijas sea más chaparrito que ellas; la forma de vestir de tal o cual persona,sus costumbres alimenticias, gustos musicales, artísticos o laborales. Lo somos cuando vemos a los indígenas por abajo cuando son ellos los proveedores de muchas de las cosas que utilizamos en nuestro diario vivir. Igualmente lo somos cuando luego de vivir dos meses en los Estados Unidos volvemos hablando un horrible spanglish y presumiendo vanidosamente compras u otras cosas. Lo somos cuando humillamos o desobedecemos a los abuelos y a los padres. También cuando creemos que únicamente nuestra religión es la verdadera condenando hasta el último círculo del infierno a quienes no creen lo que creemos nosotros.No soy muy docto en las verdades del evangelio, pero muchos de los líderes religiosos olvidan que el Nazareno llegó a decir que Dios odiaba el pecado, pero amaba al pecador.

Hoy Donaldo exige justicia, pero mucho más que un encarcelamiento a los culpables, sí un aumento de conciencia social para superar la estupidez de creer que somos más que los demás. Adieu.

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