Arañas de Tomás Saraceno visitan Museo de Arte de Monterrey

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Ciento sesenta y tres mil años luz" permanecerá en la capital neoleonesa hasta el próximo 6 de noviembre. (periodicoelnacional.mx)

CDMX.- Seis salas del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (Marco) fueron adecuadas para montar tres grandes núcleos dispuestos por el artista argentino Tomás Saraceno para envolver al asistente en su exposición “Ciento sesenta y tres mil años luz”.

La primera gran muestra en América Latina del arquitecto por formación, inmerso en las ciencias aeroespaciales y artista por convicción, impacta al asistente incluso antes de que éste ingrese a la sala, con la advertencia de ser precavido ante las arañas que habitan una de las instalaciones sin vitrinas que las aíslen.

Cautela es lo primero que adopta el visitante una vez que desvela el telón que resguarda la casi oscuridad total de la Sala 6 del recinto regiomontano, sosegada únicamente por una caja de cristal suspendida a media altura, que resguarda un entramado de redes de distintas especies de arañas, sustentando la una a la otra.

Es desde ahí donde Saraceno sostiene el título de su magna muestra. El Universo, los cuerpos entramados por el tejido cósmico, como si de una telaraña colosal se tratara, es la constante de su trabajo. La distancia que nos separa de la Nube de Magallanes, un grupo de galaxias que antes se creía era lo más cercano a nuestro Sistema Solar, es lo que le da título a la muestra.

El primer gran núcleo se divide por varias vitrinas que resguardan todas ellas construcciones arácnidas distintas entre todas ellas, unas como cúpulas, otras con niveles superpuestos.

Frente a una de estas urnas, la que protege la liviana estructura fabricada por arañas mexicanas provistas por la Universidad Nacional Autónoma de Nuevo León (UANL), hay suspendidos cuatro tenues hilos entre dos alambres, cuyos movimientos al vaivén del aire son grabados por una cámara conectada a un programa que convierte los registros visuales en sonoros.

Pero existe una, la última de esta primera penumbra, que no tiene vitrina que resguarde las estructuras de seda y está habitada por arácnidos apenas iluminados por una lámpara de costado. Ahí mismo hay otra cámara sensible al movimiento del polvo del ambiente, que también transforma en sonido estos movimientos.

El segundo núcleo vuelve a impactar al asistente cuando detrás de otro telón se topa con una habitación del todo iluminada, con proyectores y estructuras futuristas como propuestas que rozan en lo utópico. Allí se observan dos prototipos de globos aéreos pensados para viajar a grandes distancias con nada más que la energía termodinámica, uno de tela totalmente oscura, que se alimenta con energía solar y el otro, un enorme balón plateado que, presume Saraceno, puede alimentarse del calor que emana la superficie terrestre.

Estas utopías presentes están contrapuestas por la proyección de un viaje del nacido en San Miguel de Tucumán en 1973 y su equipo al Salar de Uyuni, en Bolivia: el desierto de sal más grande del mundo, donde halló pequeñas solidificaciones del mineral que por injerencia de la naturaleza poseen la geometría de pirámides y están expuestas en el Marco.

Detrás de otra tela se observa otro salón oscuro, una más pequeño, ausente de arañas, habitado por una proyección, la del conjunto estelar de la Nube de Magallanes que apadrina la exposición y sirve como antesala para la última estancia, una iluminada y laberíntica instalación de estructuras poliédricas sostenidas por hilos que interfieren en el camino que el asistente se ve forzado a sortear.

Para Saraceno, quien prefiere ser asimilado como un artista porque piensa que ello anula la necesidad de explicar su trabajo, envolver al público en las piezas y provocar en él la inmersión en sus universos a escala ha sido una prioridad y esta muestra no es la excepción.

Si bien el Marco especifica que “Ciento sesenta y tres mil años luz” se compone de 15 instalaciones, Saraceno prefiere no cuantificar las piezas expuestas y habla sobre una instalación íntegra, que abrirá mañana al público y permanecerá en la capital neoleonesa hasta el próximo 6 de noviembre.